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martes, 8 de junio de 2021
miércoles, 19 de mayo de 2021
Memorias
Si pienso en la memoria, se me viene a la cabeza la época en que peor
me funcionaba; un borroso tiempo donde olvidaba todo, porque todo era
irrelevante, donde mi atención se escapaba todos los días por la misma ventana
del mismo salón de clase.
Número Uno: Alejandro Chindoy
Había llegado del Valle del Sibundoy a estudiar “Filosofía y Letras”,
pero su Familia su Comunidad estaba en total desacuerdo, para ellos era precisamente
este insano conocimiento el que había causado la desaparición de su mundo. Por
esto “Alejo”, como yo le decía, nunca tenía un peso, y aunque había logrado
ayudas de la Universidad, como la comida básica y una residencia, le faltaba
dinero para las novias y para los “tragos” de los fines de semana. Entonces
había conseguido un trabajo en las noches entre semana; vigilante en un sector
de un barrio cercano a la facultad, entre las diez de la noche y las seis de la
mañana. Así, siempre le faltaba sueño y nunca tenía las lecturas de clase
completas. Sin embargo, tenía una habilidad oratoria admirable; le bastaba con
leer uno o dos párrafos de mis apuntes para estar más activo que el resto de la
clase. De aquel trabajo lo echaron cuando lo descubrieron borracho, en su
turno, escuchando “Los Fabulosos Cadillacs” un viernes a las dos de la mañana;
él simplemente les dijo; ¡hijueputa, pues me voy!
Número Dos: En Bicicleta al Centro
La avenida estaba atestada de carros, motocicletas y de mucha gente que
cuasi corría en el andén. En varios momentos sentí que me arrollaban que me
pasaban por encima, sin embargo, no era así solo pasaban de manera amenazaste
para proteger su camino. Mientras tanto veía las nubes blancas, sentía el
viento en mi cara generándome una sensación de libertad, de tranquilidad, tal
vez de felicidad. En un momento, el Centro de la ciudad empezó a asomarse por
medio de la punta de la iglesia, estaba arriba muy arriba, por encima de
aquellos grises y opacos edificios. En la entrada del Centro me topé con el
teatro, vi a alguien en una de sus dóricas columnas. Era un hombre de tez
morena, gafas de cinco mil de esas que se consiguen en la calle, zapato café
brillante al igual que su piel, una camisa blanca y un pantalón negro bien
planchado. Quizás estaba esperando a alguien, quizás no era nadie, quizás era
alguien que lloraba en las noches por no poder ser alguien, quizás soñaba tener
un pantalón bien planchado y una camisa blanca con gafas y zapatos brillantes,
para brillar siendo alguien en el teatro del Centro, el más grande y más famoso
de la ciudad.
Número Tres: Las Soñadas.
Andrés vivía en un barrio del Centro de la ciudad a unos cuatro
kilómetros de La Facultad; caminaba casi todos los días de ida y regreso. Casi
siempre se encontraba con Pablo en el camino, y juntos terminaban el trayecto
conversando sobre alguno de los temas de nuestras clases entre las
cotidianidades de sus vidas. Esto fue moldeando una costumbre, no solo de
encontrarse para caminar a la Facultad, sino también de acompañarse de regreso
al final de las clases de la tarde, o en la noche cuando el Vino los hacía quedarse
un poco más. El regreso al Centro se iba entonces entre sus charlas, que terminaban
algunas veces en los viejos y demeritados bares tangueros de la veinticuatro,
al calor de Gardel y el Caballero Gaucho. Entre estas charlas Andrés y Pablo,
lograron conceptos claves para nuestro pequeño lenguaje de grupo, siendo uno de
los más usados: “Las Soñadas”; estas chicas complemente fuera de nuestro
alcance, amores platónicos irreales surreales que disfrutábamos todos los días,
entre las lindas ideas que se generaban solo con su presencia, aunque lejana.
jueves, 6 de mayo de 2021
viernes, 23 de abril de 2021
Sosiego
Cuando los Smartphones se tomaron el mercado generando una nueva y eficaz manera de comunicación, él aún persistía en su Nokia 1100, y además de esto, solo lo usaba para mensajes de texto. No le gustaba ningún ruidoso ringtone interrumpiendo los momentos de sus días, y menos una notificación de actualización o una videollamada o un “hola qué haces” en algún chat; así que se sostenía en solo tener este pequeño amigo finlandés; siempre en silencio y sin vibración.
Sin embargo, en el momento en que la ‘conoció’, a pesar de aquella resistencia inicial a estas tecnologías, a esa suerte de romanticismo idealista, a esa posición anti Silicon Valley y a esa actitud panfletaria de: “no pasarás globalización informática”, finalmente cedió ante las necesidades y tragedias de la nueva era. Así que mucho antes del inicio de la pandemia, ya tenía su Smartphone con Facebook, Instagram, WhatsApp, etc.
Entre esto, fue un “like”; un pequeña y sutil presión con su pulgar izquierdo, lo que resultó en casi un año de conversaciones diarias, de cruce de experiencias, links, memes. Todo esto le llenó de sosiego en las desesperantes soledades de las prolongadas cuarenteneas. Pero era su vozrealmente la que le hacía mantener esa resistencia ese interés en conocerla cada día más, a pesar que viviera en otro país y fuese más lejana aún la posibilidad de un encuentro. La dulzura de esta voz; ese calor ese tonito agudo de sus palabras le daba toda la tranquilidad que necesitaba. Todo esto, porque ella había tomado la costumbre de enviarle mensajes de voz cada noche antes de dormir; estos, con el pasar de los meses se convirtieron en saludos más largos acompañados de lecturas de cuentos cortos, de los cuales él adquirió cierta dependencia para conseguir un buen sueño. A este punto ya le había sugerido muchas veces que hicieran una video llamada, pero ella respondía diciendo; “Aún no es el momento”.
Un viernes compartiendo unas cervezas con algunos amigos, comentó su relación con esta chica por chat, entonces todos hicieron chistes sobre esto, pero hubo uno que le quedó rebotando en la cabeza; la idea que aquella chica del chat, de la que sentía aquella necesidad aquella dependencia, no fuera más que un algoritmo generado por algún tipo de inteligencia artificial, una estafa de la era digital en la cual había caído, y quizás estaba corriendo peligro. Empezó a investigar y encontró que era posible emular la voz humana creando una nube de fonemas; es decir, miles de partículas de voz pregrabadas y guardadas en algún lugar de la web. Y este lugar, podría ser visitado por una suerte de inteligencia artificial que por medio de un algoritmo posibilitara la construcción de palabras y frases dotadas de emociones y sentido.
Después de saber esto, le solicitó que hicieran la video llamada de manera tajante, ella notó su cambió de actitud y sin problema accedió a hacerla. Después de terminarla y verla tan humana como la pantalla lo permitía, ya conociendo el rostro donde habitada aquel sonido dulce de su voz, regresó la tranquilidad y el sosiego. Después de unos días y mientras se aplicaba Shampoo en su pelo durante su baño; pensó que del mismo modo cómo existía este algoritmo que permite la emulación de la voz humana, podría existir también un algoritmo capaz de imitar el rostro humano en el video… Sin embargo, después de abrir la llave de agua fría para juagar su cabeza ripostó su cerebro; aún si fuera una máquina, ‘esto’ te está dando tantas alegrías que no estaría tan mal seguir abriéndole tucorazón, total es solo cambiar el medio, y tanta diferencia no habría entre lo humano y la maquina en este contexto, mientras tu sosiego y tranquilidad no desaparezcan
viernes, 9 de abril de 2021
El Reflejo de la Hormiga
Entramos a la estación del Tren, estaba
repleta como siempre, ya me empezaba a acostumbrar a ser una hormiga más.
Después de tener los boletos en sus manos, Ana apresuró su paso, y la seguimos
sin preguntar. Fuimos tras ella corriendo hacia uno de los trenes estacionado
en las vías. El hormiguero se manifestaba, sus vagones atestados de hormigas
paradas y sentadas, buscando llegar a sus nidos.
Pero había una, otra; la más delicada, la más suave, ligera; la de aquella hormiga sonrisa perfecta.
Los primeros momentos después de encontrar la silueta de esta hormiga sonrisa perfecta en aquel pedazo de ventana, fueron el absoluto disfrute de la contemplación; ella, solo seguía sin percatarse en su conversación llana, cotidiana, tal vez normal. Yo solo le miraba; miraba su nariz delicada frágil, delineada tenuemente con las luces que la noche trajo consigo. Observaba cómo su boca era traspasada por las siluetas inertes de la ciudad que caminaban al ritmo del tren. Sus pendientes iban y venían al igual que su pelo, que caía fresco en una pequeña parte de su rostro.
El tren seguía su marcha. Y, quizás mi mirada le rebotó fuerte en la ventana, o solo así se lo sugirió el momento. Pero, su mirada volteó hacia mis ojos al pasar la estación cuyo nombre no recuerdo. Y al encontrarme directamente con los suyos, no pude sostener los míos y el afán de continuar viendo hacia ‘ella’ se desplomó en mi vergüenza. Intenté mirar a otras partes, le pregunté a Ana qué hora era, qué escuchaba en sus audífonos, pero no pude sostener ninguna de estas situaciones, así que regresé mi mirada a aquella parte de la ventana. Y ella seguía allí, ahora era yo el observado por medio de unos ojos vivos, talvez verdes, y muy curiosos. Sin que el acompáñate se percatase, ‘ella’ había empezado un juego; sus miradas venían clandestinas; y yo sentía soplidos frescos con mensajes escondidos.
Cuando su compañero le miraba ‘ella’ volvía a verlo, seguía viéndole hasta que él miraba a otro lugar, y entonces rápidamente me lanzaba ‘palabras’ en el vaivén de sus pendientes en el suave relieve de su nariz en la curiosidad de sus ojos verdes.
El penúltimo vagón del tren de Tigre, repleto de hormigas continuaba su camino. El piso muy duro y frío, pero completamente emocionante. A unas pocas estaciones del final del recorrido, tres lugares en frente nuestro se desocuparon. Ana me miró y entendí su mensaje; corrí hacia uno de los lugares tomándolo, ella me siguió rápidamente y logró otro lugar, pero en el momento en que Laura, nuestra otra compañera de viaje, quiso tomar el tercero; ‘ella’, aquella hermosa y tenue silueta en la ventana, salió desde ese ligero y suave mundo irreal, para sentarse en frente mío justamente en el lugar que Laura buscaba ocupar. Entonces no fue más esa suave silueta en la ventana, en ese momento se convirtió en una hormiga más, tan real que casi podía tocarla con mi rodilla. La vergüenza antes momentánea se tornó constante e intensa, pero sentía aún aquel placer de la contemplación.
Entre esto, y cuando logré robar su mirada por unos segundos, pude saber que no era 'aquella'… no era reflejo, esa belleza no habitaba allí. A pesar de esto, mi curiosidad era tal que persistí en buscar una mirada más, quería talvez descifrar, lo irreal. Pero estábamos los cuatro; Ana y yo, ella y su compañero en frente, no sé cuándo ni cómo aquel logró ese lugar. Entonces pensé que él era más que un simple compañero de viaje por la manera como la miraba y le hablaba. Por ello decidí no buscar más su mirada para no causar una discusión o cualquier escena, estaba cansado y algo así era lo último que quería.
Volví mi cara a la venta que ahora estaba cómodamente a mi izquierda y empecé a mirar desprevenidamente las siluetas inertes luminosas con una sensación de estar entre ellas. En un momento aparecieron tenues ligeros y hermosos esos pendientes ese pelo ese rostro bellamente delineado, su suave nariz. Allí estaba nuevamente ‘ella’, tal vez fue un mensaje mi acción de mirar a la ventana, o tal vez quiso recuperarme. Ahora más clandestino, casi nos tocábamos con las rodillas pero en ‘realidad’ nos tocábamos tiernamente en la ventana, éramos bandidos violando aquella realidad de hormigas.
No supe si ella entendió el mensaje que nunca emití o si miró a la ventana nuevamente porque no quería perderme. Creo que ambos sabíamos que allí, en la ventana, era el único ‘lugar’ donde podía ser lo que estaba siendo. Entonces mirábamos las tenues luces y con ellas nos seguíamos, nos seguíamos viendo, nos seguíamos percibiendo, nos seguíamos entrelazando. Porque tal vez allí, en aquella ventana del tren, solo allí, existía eso que nos hizo vernos frente a frente siendo dos siluetas tenues, suaves y ligeras; dos reflejos de hormigas.
El tren llegó a la última estación; unos minutos antes había sacado mi agenda para escribirle algo y entregárselo, pero mi di cuenta que aquella hormiga que casi tocaba mis rodillas no era a la que quería entregarle eso. Entonces guardé mi agenda y volví a la ventana para aprovechar mis últimos momentos con… mi 'Chica'. Cuando descendimos del tren intenté no perderla de vista, pero fue inútil la estación estaba llena y la perdí inevitablemente. Respiré profundamente y continúe caminado hasta la salida. Al llegar a la puerta principal la vi yendo con su compañero, caminando hacia algún lugar de este hormiguero, de esta enorme ciudad. Pensé entonces que nunca más volvería a verla.
lunes, 29 de marzo de 2021
Otro Batella
(DOS DE LA MAÑANA EN LA ENTRADA DE UN BAR DE UN PEQUEÑO PUEBLO. MÚSICA CON MUCHO VOLUMEN, JAMES TOCANDOSE LOS BOLSILLOS DE SU PANTALÓN Y CHAQUETA, LE HABLA AL OIDO A SU AMIGO JHON FREDY QUE SE TAMBALEA UN POCO).
JAMES.
Me vas a tener que
prestar plata, no encuentro mi billetera.
JHON FREDY.
¿Cómo así James?, ¡no hermano!
JAMES.
¡Qué hago pues! ¿Vos no la viste en el suelo o en alguna parte?
JHON FREDY.
¡Cómo se te ocurre,
qué voy a ver yo en esa oscuridad! (SEÑALA AL INTERIOR DE BAR). No, yo estaba
relajado tomándome los aguardientes que tú estabas invitando.
JAMES.
¡Ah! Pero para qué me
hiciste bailar esa canción toda alborotada y saltar como unos locos, yo creo
que ahí se me cayó, y alguien la cogió…
JHON FREDY.
¡Culpa mía no es
James! ¡Usted ya está muy grande para cuidarse solo, yo no soy su Papá para
estar poniéndole cuidado a ver dónde deja tirado todo!
JAMES DA UN PASO ATRÁS, ALZA EL TONO DE SU VOZ.
JAMES.
¡Para venir a tomar gratis sí, pero para ayudar a un amigo no!
JHON FREDY.
Pero era una
invitación por mi cumpleaños, ¿o no?
JAMES.
¡Claro que sí, esa era la idea, pero qué hago si se me perdió la “ijuemadre” billetera! Acuérdese Fredy quién le ayudó con don Carlos, esa vez que usted quebró el vidrio de la oficina de deportes jugando fútbol como un loco en el colegio.
JHON FREDY.
¡Cálmese, cálmese, cálmese!... Hagamos esto; el dueño de este ‘respetable’ establecimiento es amigo de su Papá, yo sé porque los he visto jugar billar mucho haya donde don Luis. Entonces, usted le dice a este señor que está atendiendo; que usted es hijo de su Papá que se le perdió la billetera, y que mañana le va a pagar, y listo.
JAMES.
¿Y cómo le voy a pagar? Ni mañana, ni pasado mañana… sin billetera no hay plata.
JHON FREDY.
¿Cómo así? ¿En su casa no tiene más plata? Debajo del colchón, o en un marrano, o debajo del Play Station… yo la guardo ahí a veces.
JAMES.
¡Claro! Voy a tener trescientos mil pesos, debajo del Play Station listos para pagar, lo que me están cobrando acá.
JHON FREDY, SE LE ACERCA Y LE PREGUNTA EXALTADO.
¿Trescientos mil pesos? ¿Cuánto valía pues la botella? Vea, así quisiera prestarle no podría. Acá solo tengo cincuenta, y en la tarjeta tengo seiscientos, pero no los puedo tocar porque mañana tengo que pagar la cuota del carro, y no me voy a pasar por su culpa.
JAMES.
¡Listo!
JHON FREDY.
¡James, dale pues! (LE
MESTRA SU TARJETA).
JAMES.
No, tranquilo, que no se te vaya a pasar la cuota de esa carcacha. (AÚN FURIOSO).
JHON FREDY.
Dejá de ser tan
orgulloso, si decís que no tienes plata para pagar la cuenta, te sacan de acá
en camilla.
JAMES.
¡Callado Fredy!
(LE
RESPONDE, Y FINALMENTE ACCEDE A TOMAR SU TARJETA. SE PARA DE SU SILLA PARA
RECIBIRLA, SIENTE QUE ALGO CAE DEL ESPALDAR)
¡Uy
la billetera! (AMBOS RIEN Y SE ABRAZAN)
JHON FREDY.
¡Otra botella, James paga! (GRITANDO DESPUÉS DE DAR DOS PALMADAS CONTUNDENTES).
viernes, 19 de marzo de 2021
¿Baillamos?
El semestre estaba por terminar y aún no lograba
entender a Libby, en solo quince días ella estaría de vuelta en Nueva York, y
yo seguiría para un inverno más en Buenos Aires. Tal vez entonces, ella se arrepentiría de todas las veces que se negó a mis planes y me escribiría un
mensaje explicándome las trascedentes razones por las cuales lo hizo; o
simplemente se quedaría en silencio, se graduaría, conseguiría un trabajo en
Sevilla y se casaría; como finalmente sucedió unos años después.
Por esos días Laura me venía diciendo que no saturara más mi cabeza con lo de Libby, que me concentrara en estudiar, en terminar las monografías en aprobar todos los seminarios, para que pudiéramos irnos de viaje tranquilos, como lo habíamos planeado para las vacaciones de ese invierno. Un jueves, decidimos no ir en El 37 a la Universidad, como normalmente lo hacíamos, sino tomar el Tren Subterráneo y bajarnos en Púan, la estación más cercana; de allí sin embargo, había que caminar tres cuadras para finalmente llegar a la Universidad. Mientras caminábamos le dije, entre otras cosas; - que tenía razón que me concentraría en mis estudios ya que era lo más importante.
Entre esto, escuchamos un grito de Libby que venía tratando de alcanzarnos unos metros atrás. Mientras ella se acercaba, Laura percibió mi cambió de actitud al ver mis movimientos, entonces me dijo en voz baja y rápidamente: - invítala a La Catedral, yo sorprendido le pregunté; - ¿A una Catedral a qué? Entonces me respondió en la misma voz baja, pero más afanada porque Libby casi llegaba: - ¡Boludo! La Catedral es un sitio de Tango, para Bailar Tango, a ella le gusta mucho bailar, ¿no te has dado cuenta?... No le respondí; y no quise invitar a Libby, ya había decidido no dar más cabeza al asunto. Pero Laura estaba resuelta a que fuéramos a este lugar, así que sorpresivamente propuso un plan de tres para ir, al cual Libby inmediatamente aceptó.
A mí realmente no me gustaba la idea, no me gustaba ir a lugares donde tenías que vestir de determinada manera para entrar; había que ir vestido “elegante al estilo Tango”, es decir ir disfrazado de la alta sociedad porteña de los años cuarenta, y además, la idea de dejar mis harapos de hippie latinoamericano e ir a gastar plata a este sitio, me daba “mal genio”… pero este desparecía cuando recordaba que Libby también iría.
Llegué antes de las nueve, el vestido y los zapatos que me había prestado mi amigo Thomas me hacían sentir una extraña comodidad, entre esto había pagado mis primeros diez pesos en una corte de pelo, para no desentonar con aquel disfraz; cómo dijo Thomas: -ya entrado gastos... Subí las largas y amplías escaleras del lugar y giré a la derecha, entonces estaba el salón; un espacio amplio de piso de madera delgada, y encima de ella se movían; giraban, subían bajaban muchos zapatos tangueros, elegantes, gallardos. Gallardos se retaban mientras se seducían con sus ojos, con sus manos, con sus espaldas, con sus cinturas, con sus piernas. Encima de todo esto, estaba un círculo de bombillos de colores que pendían del techo y le daba la vuelta a esta duela, a esta pista. Esto bombillos definitivamente no eran tangueros, pensé, pero le ponían un toque hippie al lugar que me gustaba mucho.
Libby llegó casi a las diez, parecía otra;- o no, era ella… pero en una versión más madura y elegante, ¡estaba hermosa!... Me dijo; -Laura no viene se enfermó, le dije; -sí lo sé, debe ser esa pasta horrible de plástico que siempre come, y disimulé mis nervios mientras me tomaba un vino. No sé si Laura realmente se enfermó, o si simplemente era un plan desde el inicio para que al fin Libby y yo tuviéramos un espacio para hablar.
Pero no hablamos más. Solo se acomodó en la mesa, esperó que le trajeran su vino, tomó un trago y con su mirada me dijo; - vamos a bailar. Entramos a la pista; le tomé la mano para llevarla entre la gente al centro, abajo de estas luces de colores, cuando estuvimos allí ella tomó mi mano derecha y la puso en su espalda, abajo; mi mano estaba dichosa, encantada, amoblada en su espalda, y allí abajo pude sentir ese traje negro terciopelo, largo y ceñido, muy ceñido, tanto que podía sentir el acomodo de sus caderas encima de él.
Entonces, me empezó a decir con sus manos, a explicarme con su aroma, yo le respondía discutiéndole con mi mirada con mi respiración, y ella replicaba doblando su cintura por encima de mi mano derecha que la sostenía, y me miraba desde abajo muy fijo a los ojos, casi desafiante, no cedía en sus argumentos. ‘Hablamos discutimos, nos ofendimos y lloramos un poco’, y el Tango nos acompañó con sus melodías tan gallardas pero de arrabal hasta el final... aquel momento donde el último respiro del viejo Bandoneón nos mostró que terminaría, sin haber ningún ganador.