viernes, 9 de abril de 2021

El Reflejo de la Hormiga

 

Entramos a la estación del Tren, estaba repleta como siempre, ya me empezaba a acostumbrar a ser una hormiga más. Después de tener los boletos en sus manos, Ana apresuró su paso, y la seguimos sin preguntar. Fuimos tras ella corriendo hacia uno de los trenes estacionado en las vías. El hormiguero se manifestaba, sus vagones atestados de hormigas paradas y sentadas, buscando llegar a sus nidos.

 Ana continuaba su paso rápido al parecer con una meta, como si supiera que en el fondo del tren nos esperaba un lugar vacío con linda vista. Pero antes de llegar al último vagón, aquel donde las bicis se mesen de un lado otro suspendidas del techo, se detuvo abruptamente nos miró y preguntó: ¿Qué hacemos? No había sillas vacías, el tren estaba repleto de hormigas respirando, rosándose, aprontándose en medio de sus sonidos, en medio de sus suspiros.

 Nosotros sin embargo, pudimos ver en el fondo un espacio, en el suelo, y nos sentamos allí.

 Pocos minutos después del inicio de la marcha del tren, yo miraba a la ventana levantando un poco la cabeza. Y gracias a la caída de la tarde, podía ver pequeñas luces que lentamente iban delineando algunas siluetas de la ciudad, las mismas que el día había ignorado. Con el paso de los minutos, ya que muchas más hormigas abordaron el tren, solo pude ver una pequeña parte de la ventana. Entonces cuando la noche casi entró, alcancé ver otras siluetas, estas eran ligeras, leves, suaves; viejas, jóvenes, niñas y rockandrolleras; como la de la hormiga que pedía dinero con su guitarra tocando una canción del Flaco Spineta.

Pero había una, otra; la más delicada, la más suave, ligera; la de aquella hormiga sonrisa perfecta.

Los primeros momentos después de encontrar la silueta de esta hormiga sonrisa perfecta en aquel pedazo de ventana, fueron el absoluto disfrute de la contemplación; ella, solo seguía sin percatarse en su conversación llana, cotidiana, tal vez normal. Yo solo le miraba; miraba su nariz delicada frágil, delineada tenuemente con las luces que la noche trajo consigo. Observaba cómo su boca era traspasada por las siluetas inertes de la ciudad que caminaban al ritmo del tren. Sus pendientes iban y venían al igual que su pelo, que caía fresco en una pequeña parte de su rostro.

El tren seguía su marcha. Y, quizás mi mirada le rebotó fuerte en la ventana, o solo así se lo sugirió el momento. Pero, su mirada volteó hacia mis ojos al pasar la estación cuyo nombre no recuerdo. Y al encontrarme directamente con los suyos, no pude sostener los míos y el afán de continuar viendo hacia ‘ella’ se desplomó en mi vergüenza. Intenté mirar a otras partes, le pregunté a Ana qué hora era, qué escuchaba en sus audífonos, pero no pude sostener ninguna de estas situaciones, así que regresé mi mirada a aquella parte de la ventana. Y ella seguía allí, ahora era yo el observado por medio de unos ojos vivos, talvez verdes, y muy curiosos. Sin que el acompáñate se percatase, ‘ella’ había empezado un juego; sus miradas venían clandestinas; y yo sentía soplidos frescos con mensajes escondidos.

Cuando su compañero le miraba ‘ella’ volvía a verlo, seguía viéndole hasta que él miraba a otro lugar, y entonces rápidamente me lanzaba ‘palabras’ en el vaivén de sus pendientes en el suave relieve de su nariz en la curiosidad de sus ojos verdes.

El penúltimo vagón del tren de Tigre, repleto de hormigas continuaba su camino. El piso muy duro y frío, pero completamente emocionante. A unas pocas estaciones del final del recorrido, tres lugares en frente nuestro se desocuparon. Ana me miró y entendí su mensaje; corrí hacia uno de los lugares tomándolo, ella me siguió rápidamente y logró otro lugar, pero en el momento en que Laura, nuestra otra compañera de viaje, quiso tomar el tercero; ‘ella’, aquella hermosa y tenue silueta en la ventana, salió desde ese ligero y suave mundo irreal, para sentarse en frente mío justamente en el lugar que Laura buscaba ocupar. Entonces no fue más esa suave silueta en la ventana, en ese momento se convirtió en una hormiga más, tan real que casi podía tocarla con mi rodilla. La vergüenza antes momentánea se tornó constante e intensa, pero sentía aún aquel placer de la contemplación.

Entre esto, y cuando logré robar su mirada por unos segundos, pude saber que no era 'aquella'… no era reflejo, esa belleza no habitaba allí. A pesar de esto, mi curiosidad era tal que persistí en buscar una mirada más, quería talvez descifrar, lo irreal. Pero estábamos los cuatro; Ana y yo, ella y su compañero en frente, no sé cuándo ni cómo aquel logró ese lugar. Entonces pensé que él era más que un simple compañero de viaje por la manera como la miraba y le hablaba. Por ello decidí no buscar más su mirada para no causar una discusión o cualquier escena, estaba cansado y algo así era lo último que quería.

Volví mi cara a la venta que ahora estaba cómodamente a mi izquierda y empecé a mirar desprevenidamente las siluetas inertes luminosas con una sensación de estar entre ellas. En un momento aparecieron tenues ligeros y hermosos esos pendientes ese pelo ese rostro bellamente delineado, su suave nariz. Allí estaba nuevamente ‘ella’, tal vez fue un mensaje mi acción de mirar a la ventana, o tal vez quiso recuperarme. Ahora más clandestino, casi nos tocábamos con las rodillas pero en ‘realidad’ nos tocábamos tiernamente en la ventana, éramos bandidos violando aquella realidad de hormigas.

No supe si ella entendió el mensaje que nunca emití o si miró a la ventana nuevamente porque no quería perderme. Creo que ambos sabíamos que allí, en la ventana, era el único ‘lugar’ donde podía ser lo que estaba siendo. Entonces mirábamos las tenues luces y con ellas nos seguíamos, nos seguíamos viendo, nos seguíamos percibiendo, nos seguíamos entrelazando. Porque tal vez allí, en aquella ventana del tren, solo allí, existía eso que nos hizo vernos frente a frente siendo dos siluetas tenues, suaves y ligeras; dos reflejos de hormigas.

El tren llegó a la última estación; unos minutos antes había sacado mi agenda para escribirle algo y entregárselo, pero mi di cuenta que aquella hormiga que casi tocaba mis rodillas no era a la que quería entregarle eso. Entonces guardé mi agenda y volví a la ventana para aprovechar mis últimos momentos con… mi 'Chica'. Cuando descendimos del tren intenté no perderla de vista, pero fue inútil la estación estaba llena y la perdí inevitablemente. Respiré profundamente y continúe caminado hasta la salida. Al llegar a la puerta principal la vi yendo con su compañero, caminando hacia algún lugar de este hormiguero, de esta enorme ciudad. Pensé entonces que nunca más volvería a verla.

 

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